jueves, 22 de marzo de 2012
viernes, 3 de febrero de 2012
Las uñas
Me había puesto también el vestidito de breteles y volados, ese que me obliga a no usar corpiño. Tener treinta se trata de usar cada vez menos corpiño. Es una celebración de lo inevitable: hacés números y te das cuenta de que lo mejor de tu vida ya pasó, que entraste en la parte descendente de la curva, que se te cae todo, que estás cansada y que lo que viene no es más que un refrito maquillado de experiencia, ese fabuloso eufemismo del aburrimiento.
Me había puesto unos aritos con piedras. Se supone que las piedras tienen propiedades que sirven para sanar problemas específicos, pero a mí me gusta comprarlas al revés: elegirlas de un color que me parezca lindo y después investigar qué pueden hacer por mí. Ese día les había tocado a unos aritos de cornalina, una piedra rojiza que -dicen- ayuda a liberar la voz. Ah, sí. Las obviedades pasmosas de la vida.
Te decía: me había cortado las uñas, me había peinado, había elegido los aros, me había puesto perfume y un vestidito veraniego. Había desperdiciado tiempo y expectativas. Otra vez. Y como si fuera poco me había pintado los labios.
Esa tarde pasó a saludarme un ex compañero de trabajo, un caballero corrosivo al que ocasionalmente me veo tentada a describir como amigo, pero lo evito porque no nos gustan los sentimentalismos. Hace tiempo que no nos veíamos y me di cuenta de lo mucho que extrañaba su voz, su timbre, su cadencia al hablar.
Caminamos, lo acompañé hasta la plaza y le conté los highlights de mi vida reciente a los gritos y en cinco minutos. Le pedí su opinión y le dio el visto bueno al vestido, junto con un rosario de posibles explicaciones para la ausencia de llamado. Me dijo, básicamente, que el tipo era un bobo y que tenía una vida demasiado complicada. Lo dijo más elegante, porque él es así, elegante. Me dio también su condescendencia y un abrazo.
¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí: me habían crecido las uñas, me había crecido el pelo, me estaba por venir, me tocaba depilarme de vuelta, retocarme la tintura. La luna iba a cambiar y me iban a pagar el sueldo otra vez y yo a su vez iba a pagar las cuentas. Todos los ciclos se iban a repetir, porque eso es lo que hacen los ciclos: se repiten. Y nosotros nos íbamos a prometer un café. Y a mí me iban a crecer las uñas.
sábado, 21 de enero de 2012
Yours truly
domingo, 1 de enero de 2012
Brindis
domingo, 23 de octubre de 2011
Crónicas en bondi
domingo, 24 de julio de 2011
Downgrade
El pibe que se parece a Thom Yorke ahora que tiene novia sonríe y no se parece tanto a Thom Yorke. Conserva la blondez desabrida, pero le suma una sonrisa boludota que lo hace más parecido a Jack Johnson. Y sí, el amor te hace mierda, qué querés.
sábado, 16 de julio de 2011
The road not taken
A @hardtore, mi copiloto preferido en los naufragios
Me ibas a invitar a tomar algo. Vos ibas a pedir un café con leche y yo un té con limón. “Pero limón en serio, no me vas a traer Minerva que te lo devuelvo”, le iba a aclarar yo a la moza, que iba a ser una niña en sus primeros veinte, con modales rudos y pretensiones de diseñadora gráfica o actriz de cine. Mientras nos traían el pedido, seguro te iba a hablar de mis gatos pero no mucho para no aburrirte y te iba a matar a preguntas sobre esa mitad de tu vida que ya pasó y que no conozco porque no estuve ahí. En algún momento nos íbamos a encontrar con un silencio incómodo pero me lo iba a bancar como una dama porque ya estoy grande y porque lo iba a aprovechar para mirarte un poco las manos, un poco a la boca. Sí, la boca un poco bastante. Tal vez me acomodaras la silla o me ayudaras a ponerme el tapado o me abrieras la puerta, tal vez tuvieras alguno de esos gestos anticuados que yo iba a comentar después entre risueña y sorprendida con alguna amiga.
Íbamos a ir al cine, a ver alguna de Woody Allen, la dosis de cultura light necesaria para poder jugar al análisis intelectual después, más desde el sentido común que desde el posgrado en filosofía. Nos íbamos a rozar los brazos entre las butacas, tal vez las manos. Nos íbamos a hablar al oído, a mirarnos a los ojos en la penumbra, íbamos a encontrar el perfume en el cuello del otro. A la salida, el argumento de la peli nos iba a dar la excusa para hablar de la vida, de otras gentes, tal vez de alguna historia de amor fallida del pasado, que íbamos a transformar en una anécdota graciosa para hacernos los superados. Posiblemente hiciera frío y me acompañaras hasta la parada del bondi o hasta una esquina a tomar un taxi. Posiblemente el frío te diera una excusa para abrazarme. Y se iba a sentir bien, conocido, como si ya nos hubiéramos abrazado en otras vidas, en otros tiempos, siendo otros pero los mismos. Nuestras bocas se iban a rozar de a poquito y me ibas a besar como pidiendo permiso y yo iba a sentir que salía el sol, que llegaba la primavera, que una bandada de palomas inundaba el cielo, que sonaba una big band, que cambiaban las mareas, algo de todo eso o todo eso junto. Iba a estar bueno.
Te ibas a reír de mis chistes, de mis arranques de ira de uno a cien en un segundo, y sin darte cuenta ibas a encontrar extrañamente atractivo mi timbre de voz agudo sin agudos, mi inglés a media lengua de sitcoms, mis palabras sueltas y mal aprendidas en ucraniano, mi fascinación por la ortografía y los vampiros, mis citas a Solari, mis puteadas, mis pelos de colores y mis zapatillas agujereadas. Yo iba a escuchar todos los discos de tus bandas favoritas, iba a aceptar que me prestaras alguna novela de ciencia ficción que te haya fascinado mucho y que después me iba a dar paja leer, iba a prestar atención a tus anécdotas del colegio, de partidos de fútbol cinco, de tu infancia en algún barrio medio pelo del Oeste hoy venido a menos gracias a los periodistas de Policiales. Nos íbamos a contar esa parte de los noventa en la que fuimos a ver bandas todos los fines de semana y tomamos birras en esquinas y viajamos distancias ridículas en micros ilegales a ver shows en tugurios más ilegales aún, mosaicos de una época inocente a la que todavía no habían llegado los muertos ni los certificados de habilitación.
Un día nos íbamos a despertar abrazados sin poder recordar cómo era dormir solos, un día los planes iban a empezar a ser de a dos y los llantos del otro, nuestros llantos. Una tarde de mates interminables te iba a contar sobre Padre y me ibas a prometer que nada más así me iba a pasar y me ibas a curar con abrazos. Un día nos íbamos a dar cuenta de que nos entendíamos y le íbamos a hacer un lugar definitivo al otro, no en un cajón, no en la agenda, un lugar de verdad en esos quilombitos particulares que llamamos vida. Un día íbamos a decir nosotros y hasta, capaz, en una de esas, se iba a parecer al amor. Pero todo eso iba a pasar si me mirabas, si por un segundo levantabas la vista de tus pies o de tu ombligo y de verdad me mirabas, si dejabas de esconderte en tus inseguridades como el linyera que se tapa con diarios cuando duerme en un banco de plaza, como el que usa lentes negros, como el que cuelga el diploma en la pared. Pero ahora te quedás ahí con tu ombligo y tus zapatos, con tus lentes de sol y tus saberes, con tu tarima de cartón pintado y te perdés una buena historia que contarles a tus nietos, esos que vas a tener con otra.
Chau, querido, que te vaya bien, eh. Te juro que habría estado bueno.