domingo, 15 de agosto de 2010
Fragmentos de cartas que nunca voy a escribir I
domingo, 8 de agosto de 2010
Uno veinticinco por favor
De vez en cuando un quiosco, un estacionamiento, hasta una carpintería, y en el mientras tanto filas y filas de casas en las que parece que no vive nunca nadie. Será que Elconurbano es un gran Truman show al que la gente va de día, será que todos son extras que se peinan para salir en tele si las noticias, si es que acaso algún robo, alguna colegiala violada.
Pero Elconurbano también son los árboles indisciplinados, los conocidos que se encuentran en el bondi, el automovilista que se persigna cuando lo sorprende el monolito de la virgen, el pasacalle hiperglucémico, el quinceañero sartreano de los ojos delineados y sobre todo los perros, esos perros sin apellido que te ignoran en todas las ochavas.
viernes, 28 de mayo de 2010
Del manual Kapelusz para la vida en pareja I
Y nunca, menos que menos, subestimes la cantidad de grasa que queda por limpiar si el plato anterior tenía comida china.
domingo, 16 de mayo de 2010
Menos jirafa
Resulta que es un martes bien martes, de esos que serían un jueves perfecto pero llegaron demasiado temprano. Voy a avenida Belgrano y Defensa. Libertadornuevedejuliobelgrano. Y por favor no hables, que ya bastante tengo conmigo.
Seguro suena una de Lionel Ritchie cuando estás llegando a Sarmiento y en la curva del zoo ves un semáforo. Es gris. Oh, el horror, el horror, la arañita de la imprevisión te camina por el brazo. Es un semáforo –decís-, tiene luces, sirve para ordenar el tráfico, porque supongamos que para eso se inventaron los semáforos, no van a ser para putearlos si se ponen en rojo y mirás al tipo de al lado y es un viejo libidinoso que hace más contacto visual del socialmente aceptable en estas circunstancias o un joven metrosexual que te imaginás pasado de perfume o una cuarentona con cara de divorciada que fuma o no sabés porque hay vidrios polarizados.
Pero supongamos que sí, que los semáforos sirven para ordenar el tráfico y nuestra vida sería un verdadero infierno si no existieran –porque supongamos además que hay gente que estudia estas cosas (los semaforólogos, ponele) y después de mucho experimentar llega a la conclusión de que sí, de que vos creés que tu vida es un infierno pero en realidá no sabés bien qué es el infierno porque todavía tenés los semáforos, el argumento ontológico de los semáforos que le permite al peatón recuperar la entidad de su mundo pavimentado, así que imaginate si no-.
Cuestión que vas por Libertador y ahí está, el semáforo. Gris. Y no sabés por qué pero te invade una especie de penita, una especie de desazón por el semáforo tan gris él. Y pensás, bueno, es un semáforo, tiene la altura necesaria, está en el lugar indicado para que los automovilistas lo vean, tiene las tres luces convencionales en el orden convencional, las luces funcionan, está sincronizado con los otros semáforos, los automovilistas lo respetan, en líneas generales, menos el tontito ese del auto tuneado pero qué vas a esperar.
Pero es gris. No amarillo. Gris. Grisgrisgrisgrisgrisgris. Y no sabés por qué pero te parece menos semáforo que los demás semáforos. Y es alto como los demás semáforos pero no es amarillo como los demás y entonces se parece un poco menos a una jirafa que los demás semáforos que son altos y amarillos pero este es sólo alto. Y menos jirafa. Pobrecito.
jueves, 6 de mayo de 2010
¿Sabés qué?
Esta vez no me voy a enojar, no voy a levantar la voz
ni voy a poner el más mínimo esfuerzo en explicarte nada.
Simplemente me voy a sentar acá a esperar a que te esfumes,
a que te disuelvas, a que te lleve el mar.
Voy a dejar que el tiempo te borronee de a poquito
hasta que tu recuerdo se vuelva irreconocible
y ni siquiera tenga que fingir que te extraño.
Hasta que te hagas un bollo de papel arrugado y sucio
para tirar en un tacho cualquiera.
Capaz la emboco.
martes, 27 de abril de 2010
Al corriente
Realmente no sabemos cómo es que no se lo pusimos antes.
martes, 13 de abril de 2010
Tampoco
Querida amiga:
Sabemos que él no te merece. Sabemos también que él lo sabe y que finge comentarios sobre cine japonés o música canaria (de las islas, no de los pájaros aunque qué lindos los pájaros y qué inútiles) para ocultarlo. Ese temita de la cultura-maquillaje, de gente pequeña que deja que grandes autores llenen sus blancos espirituales.
Sabemos también que ni siquiera coge. Porque suponte que tiene un adoquín en el pecho pero te coge que te la debo. Pero no.
Sabemos que tampoco es muy versado en las convenciones sociales que te hacen lucir sensible. Hola, cómo estás, cómo está tu hermano, te sentís bien, te ayudo, llamame si necesitás algo. No es tan difícil, basta seleccionar cualquiera de las frases anteriores al azar y practicar frente al espejo un rato. Igual, en el peor de los casos, puede que crea que no hacen falta, que él no las necesita porque el asunto pasa por otro lado.
Y ahí vamos al tema de los lugares. Capaz él cree que “su lugar” en tu vida es otro. ¿Otro cuál? ¿Acaso uno quiere a alguien para que no te pregunte cómo estás o te ofrezca su oreja o su pecho o su pito tan siquiera? Ese lugar –el de no preguntar, el de demandar todo el tiempo- está bien para un jefe o para un hijo. Ya tenemos del primero y pasamos del segundo. ¿De qué lugar me hablás?
Te decía, sabemos que él no te merece y sabemos que tampoco se merece un buen final, un happy ending de drama de director húngaro un martes a las 2 am por Isat, con los protagonistas bellos, etéreos, cruzando miradas vidriosas en los andenes opuestos de una estación donde empieza a nevar. Sabemos que nada en él merece esa falsa belleza de celuloide que no existe más y mucho menos se merece la tuya, tan verdadera y brutal y encendida. Tampoco.