Queremos a Arjona porque él nos quiere a todas. A la cuarentona rolliza, a la ex modelo yonqui, a la pendeja puta, a la histérica, a la conchuda que lo dejó y a la que no le da bola porque está con otro. A to-das. Y nos quiere todo el tiempo. Incluso cuando somos monstruos hormonales y las publicidades de analgésicos nos ridiculizan, sí.
Queremos a Arjona porque sabe que para querernos a todas tiene él que ser, también, un poquito, todos. Y se construye a sí mismo enamorado inclaudicable, novio despechado, bohemio en plan trasnoche y superhéroe caribeño al rescate de las solas que pasan el sábado con un cuarto de helado frente a la tele.
Queremos a Arjona porque es alto, muy alto, y tiene acento raro y escribe cartas de amor a mitad de camino entre el desgarbo de Sabina y el sudor de latin lover de los rickimartins y los chayanes. Queremos a Arjona porque, en el fondo, se parece un poco al flaco de la vuelta y nos deja fantasear con cruzárnoslo en la panadería. Queremos a Arjona por esa incorrección impensada que a los tipos se les vuelve intragable.
Los tipos odian a Arjona porque los enfrenta a sus propios prejuicios, porque los vuelve chiquititos y vuelteros y egoístas y superficiales. Los tipos odian a Arjona porque su romanticismo todo terreno pone en evidencia que ninguno de ellos tiene tantos huevos como para enamorarse de una vieja gorda y cantárselo al mundo.
